El Sinsajo por fin ha llegado al Capitolio de los Estados Unidos: el teatro del mundo y la sociedad del espectáculo

Montaje de elaboración propia en el que Katniss Everdeen, protagonista de los Juegos del Hambre, aparece llegando al Capitolio de Washington D.C. en la toma de posesión de Joe Biden

Muchísimos pensadores lo han afirmado a lo largo de la historia: la vida aspira a ser un espectáculo. La cultura clásica acuñó el término de theatrum mundi para explicar la sociedad, el mundo o la existencia como un teatro. La religión cristiana continuó con este tópico e, incluso, Calderón de la Barca en el Barroco tituló uno de sus autos sacramentales como El gran teatro del mundo. Si nos acercamos un poco más a nuestros días, encontramos en Óscar Wild una clara referencia a esta idea. En su ensayo La decadencia de la mentira (1889), el escritor irlandés expuso la famosa frase de que “La vida imita al arte más que el arte a la vida”. Más allá de poder utilizar el life imitates art como título para tu foto postu de Instagram, te animo a que vayas más allá y reflexiones acerca de las razones que impulsaron a Wilde a llegar a esta conclusión.

Ayer, al ver cómo iba vestida Lady Gaga para cantar el himno nacional en la toma de posesión de Joe Biden, sentí que algo me resultaba familiar. Un poco más tarde, por la noche, vi un post que comparaba a la cantante estadounidense con Effie Trinket, personaje de Los Juegos del Hambre, y todas las piezas encajaron. Sé que muchos han hablado en las últimas horas del enorme pájaro dorado que portaba Gaga y lo han comparado con el sinsajo de Katniss Everdeen, pero pocos se habrán fijado en el enorme parecido que yo vi en esas dos fotografías.

Puede que no estuviera hecho a propósito. Puede que todo el despliegue que la nueva administración presidencial armó para la toma de posesión fuera parte de una campaña que simplemente buscaba llamar la atención del votante demócrata norteamericano. Pero hay un discurso que, de forma intencionada o inconsciente, se ha construido en torno a todo el acto. Parece que el Sinsajo haya llegado al Capitolio de los Estados Unidos de la misma forma que Katniss Everdeen llegó a la capital de Panem -también llamado el Capitolio, curiosamente- para liberarla de las manos del opresor.

El evento ha coincido con una semana en la que yo ya venía de por sí reflexionando sobre el extremo grado de espectacularidad al que hemos llegado después de un año fatídico como ha sido el 2020. Los episodios que el mundo ha vivido desde la llegada del coronavirus han hecho a la gente pensar que estamos pasando por una especie de serie de catastróficas desdichas en la que uno no sabe qué más esperar. Por eso, es habitual leer en Twitter comentarios del tipo “Estoy impaciente por saber cuál va a ser la nueva temporada del 2020” o “Si pensábamos que el 2020 había sido malo, el 2021 nos ha traído cosas peores”. Incluso ha habido artistas que se han fijado en la enorme carga dramática del pasado año para componer sus obras. ¿Por qué nos gusta convertir las desgracias en algo que nos resulte ocioso desde la distancia? Yo creo que es precisamente por esa parte del ser humano que necesita añadir siempre una dosis de ficción a la realidad.

La política era consciente de esto desde hacía mucho tiempo, pero los votantes no lo vimos del todo claro hasta que Donald Trump ganó las elecciones de 2016 y se convirtió en el 45º presidente de los Estados Unidos. En nuestro Congreso de los Diputados también podemos observar que hacer política se ha convertido en comportarse de forma parecida a un tertuliano y pelear por ver quién da el mejor zasca en cada sesión parlamentaria. Son bastantes los ejemplos que nos hacen creer que la política hoy más que nunca es un espectáculo. Lo más sensato es, por tanto, darle una base teórica a esta idea.

El filósofo francés Guy Debord en su obra más conocida, La sociedad del espectáculo (1967), desarrolló algunas cuestiones que hoy nos resultan perfectamente acordes a nuestra cultura. En los años 60, se aventuró a decir cosas como que la imagen tenía una importancia vital en el desarrollo de las relaciones humanas o que no era tan importante lo que había pasado como la representación de lo que había pasado. Aunque analizó la sociedad de su tiempo desde una visión marxista bastante rígida, parece que la mirada contemporánea le ha granjeado una mejor acogida.

Guy Debord fotografiado en París en junio de 1954

Sin profundizar demasiado en el concepto de «espectáculo», se puede decir que la teoría de Guy Debord encaja a la perfección con un mundo en el que los móviles se han convertido en una extensión del cuerpo humano y donde estamos continuamente generando imágenes de nosotros mismos o de nuestro alrededor. Las redes sociales, por tanto, resultan tener un papel fundamental en el protagonismo que le hemos dado a la representación de lo que vivimos. Por eso, a lo mejor, nos gusta tanto ver en Twitter imágenes del Capitolio envuelto en esa estética ceremoniosa y comentarlo, porque nos acerca a aquello que nos es inaccesible. Si se me permite decirlo, la clave podría estar en que la representación es más accesible que lo representado. Bajo estas reglas y jugando bien sus cartas, los políticos pueden conseguir llegar al máximo de votantes posibles en una situación anterior a la acción de gobierno que demostrarán en su legislatura. Y así es cómo terminan ascendiendo al poder.

Pero, salgámonos de la política, ya que de esta acabamos bastante saturados con tan solo ver cinco minutos la televisión. ¿A qué equivale que en la sociedad del espectáculo busquemos por nosotros mismos vivir experiencias que se acerquen más a la ficción que a la realidad? Al hablar de esto, no puedo evitar recordar la forma que un viejo amigo tenía de concebir su vida. Él siempre decía que quería que su vida fuera como un musical de Broadway, y que para ello no debía faltar el drama o la fantasía. Ciertamente, es bastante común sentir lo que nos pasa basándonos en las mismas experiencias que vemos en las series o las películas. ¿Nunca te has imaginado algún momento de tu vida con una banda sonora de fondo y te ha parecido más épico de lo que en realidad era? Pues esa es una señal de que también eres víctima de la sociedad del espectáculo.

Evidentemente, esa forma de vida a la que nos hemos acostumbrado tiene sus peligros. El mayor de todos ellos quizá sea desaprender a vivir en la realidad y generar una imagen tan falsa de nosotros mismos que ni siquiera nos podamos -o nos puedan- reconocer al haber pasado un tiempo. Es lo mismo que ocurre con las fake news, puesto que distorsionan la realidad hasta el punto de hacernos dudar de qué es verdadero y qué es falso. Debord a este respecto hace un comentario sobre su obra que nos puede ayudar a entender el por qué del protagonismo de lo falso en nuestra sociedad:

Lo que es falso atrae, y se refuerza al eliminar concienzudamente cualquier posible referencia a lo auténtico. Lo que es genuino, por su parte, se reconstruye lo más rápido posible para terminar pareciéndose a lo falso.

Guy Debord, en Comentarios sobre La sociedad del espectáculo (1988)

Lo falso parece adictivo. Es como una droga: es perjudicial para la sociedad pero sin ella seguramente acabaría desmoronándose. Hoy más que nunca nos encontramos atados a las mentiras porque hemos rechazado la realidad por monótona y aburrida. La representación de lo que queremos mostrar a los demás es ahora el motor de las relaciones humanas. El amor, la amistad o el trabajo han sido contaminados por la incesante aspiración de crearnos una fachada que suponemos nos podrá garantizar la atención de los que tenemos a nuestro alrededor (o de los que tenemos al otro lado de la pantalla).

Lo que más me molesta del mundo en el que vivo es precisamente esta frustración respecto a cómo somos, que se traduce en una asfixiante necesidad de vender una imagen falsa de nuestra vida y que, en definitiva, termina obligándonos a traicionar nuestra propia naturaleza. Lo segundo que más me molesta es que hayamos llegado a una cima de sobreinformación y sensacionalismo que nos hace creer que cualquier cosa que pasa podría ser contada en una película. Porque, paradójicamente, creernos personajes de una ficción nos convierte en títeres que se mueven al antojo de un guionista. Y el problema es que nunca sabremos quién es el guionista.

Publicado por soyunzorrococlo

Soy graduado en Periodismo y Humanidades y actualmente me encuentro opositando para profesor de Historia y Geografía. He creado Babyloniak como un punto de encuentro entre una de mis grandes aficiones (los videojuegos y el anime) y mi futura profesión. Espero poder crear un lugar en el que nos deshagamos de los prejuicios sobre lo friki y lo otaku para conocer hasta qué punto las Humanidades están más presentes en nuestras vidas de lo que creemos.

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