Desde Estambul hasta Tokyo Ghoul: la historia del lenguaje de las flores

—¿Osmanto? Olivier odorant

Olivier odorant… parece un nombre de persona

—¿Verdad? Osmanto. Noble… Y también modesto… ¿Eh? Es la floriografía de la planta del osmanto

—¿Floriografía?

— Lo llaman el lenguaje de las flores. Todas significan cosas. El osmanto, por ejemplo, simboliza la nobleza y la modestia. Le va que ni pintado a Kaneki, ¿no?

—¡Sí!

—Y el primer amor.

—¿Eh?

—El encanto eterno, los recuerdos radiantes y por último… El amor verdadero

 

En esta conversación que mantienen Tsukiyama y Hanemi en el capítulo 7 de la segunda temporada de Tokyo Ghoul se presenta una de las claves de la serie. El simbolismo que las flores poseen en esta temporada es fundamental para comprender la evolución del protagonista. En este caso, se habla del osmanto, una planta que ya se había mencionado numerosas veces, como símbolo de la personalidad de Ken Kaneki, pero también para recalcar la que le caracterizaba antes de alejarse de todos sus allegados.

El uso de la alegoría es uno de los rasgos más característicos de Tokyo Ghoul. Si bien es cierto que no es necesario captar todas las referencias que aparecen en la serie para entender la trama, comprenderlas total o parcialmente hace que la disfrutes más. Aunque las intervenciones de Tsukiyama se vean mermadas por lo cursi y desagradable que tiende a ser el personaje, lo que dijo en ese caso me pareció súper interesante, hasta el punto de ponerme a investigar con profundidad qué es esto del lenguaje de las flores.

La época victoriana, que abarca casi todo el siglo XIX de Gran Bretaña (concretamente, desde el año 1837 hasta 1901, lo que duró el trono de la reina Victoria), fue un tiempo en el que la moral se endureció muchísimo y había numerosos temas, como el amor, que eran tabú. No obstante, las inquietudes y los sentimientos de la incipiente burguesía británica atisbaron un rayo de luz gracias a las flores. Durante las primeras décadas de este siglo, se popularizó la construcción de invernaderos en los domicilios particulares. Con esto, los habitantes de ciudades como Londres, Manchester o Liverpool, en las que casi nunca hace sol, pudieron empezar a cultivar flores procedentes de otros lugares de clima cálido.

Años antes, en Francia ya se había introducido la práctica de dar a los flores significados metafóricos y utilizarlas para mandar mensajes en clave. Era una costumbre que procedía de Turquía y que tuvo gran éxito en sociedades como la francesa o la británica, deseosas de conocer cosas nuevas y obsesionadas por el exotismo. La floriografía (o lenguaje de las flores) nació como una tradición otomana pero rápidamente se transmitió al resto de Europa, gracias a personalidades como Lady Mary Montagu o Aubry de La Mottraye, quienes la popularizaron en Inglaterra y Suecia, respectivamente.

Se llegaron a publicar diccionarios que traducían el significado de las diferentes plantas de uso doméstico o silvestres, entre los que destacó el de Kate Greenaway, The Language of Flowers, editado por primera vez en 1884 y vigente hasta el día de hoy. Si buscamos, por ejemplo, la dalia, nos encontramos con cinco tipos diferentes: la dalia amarilla se corresponde con la unión recíproca, la encarnada con “Tus ojos abrasan”, la matizada se traduce como una mirada engañosa, la morada por “Ten piedad de mí” y, por último, la rosada es delicadeza.

Nuestra mentalidad no alcanza a imaginar que la gente del siglo XIX pudiera controlar tantos registros. No obstante, seguramente ellos pensarían lo mismo de nuestros emoticonos, que con el tiempo han ido afianzándose en nuestro vocabulario hasta el punto de tomar significados universales. Pensemos en los ocho que Instagram ha establecido para las conocidas como “Reacciones rápidas”. Las comparaciones son odiosas.

El lenguaje de las flores en la literatura y el arte

Si la floriografía adquirió tal magnitud en la sociedad victoriana, es lógico que su presencia se derivara también a las artes. El uso de las flores para transmitir mensajes se convirtió en uno de los elementos más llamativos de las historias de amor propias de este tiempo. Así, en autoras como Charlotte y Emily Brönte, Jane Austen o Emily Dickinson observamos una fuerte carga simbólica de las flores y de la naturaleza. Echemos un vistazo a uno de los poemas de esta última:

Un sépalo, un pétalo y una espina
Sobre una común mañana de verano —
Un frasco de Rocío — una Abeja o dos —
Una Brisa — un brinco en los árboles —
¡Y ya soy una Rosa!

Este poema se encuentra recopilado en una antología titulada Herbario y Antología Botánica, en la que asistimos a un intenso reencuentro entre la autora estadounidense y su yo más apegado a la naturaleza. El lenguaje de las flores toma aquí un carácter genuino que, por otro lado, mantiene sus raíces  en el léxico de Greenaway.

John Singer Sargent, autorretratado aquí en 1907, fue un pintor angloestadounidense considerado como el mejor retratista de su época. Su vida personal sigue siendo a día de hoy ciertamente misteriosa, o bien porque él mismo fuera celoso de su intimidad, o bien porque la tradición haya querido esconderla u olvidarla.

En cuanto a la pintura, cabe decir antes de todo que en el siglo XIX la burguesía media pudo acceder a la contratación de retratistas. Con esto, el género terminó popularizándose y aparecieron numerosos exponentes entre los que destacó la figura de John Singer Sargent. Situado entre el realismo y el impresionismo, su obra cuenta con cerca de 900 pinturas al óleo y más de 2.000 acuarelas. Si bien es cierto que es mayormente conocido por cuadros como El jaleo (1882) o el Retrato de Madame X (1885), hay una parte de su creación desde la que se puede analizar la carga simbólica de las flores.

En una sociedad reprimida que daba la espalda a los sentimientos, sus cuadros mostraban algunos de los entresijos más complicados de captar, como las ambigüedades de la adolescencia, la sensualidad o los deseos más ignotos. Para conseguirlo, se valió no solo del máximo detalle en la expresividad de los personajes, sino también en el simbolismo que rodeaba a las prácticas sociales más habituales. Muchas de sus retratadas aparecen posando con distintas flores, como en Madame Ramon Subercaseaux (1881), Flora Priestly (1889) o Mrs. Joshua Montgomery Sears (1899).

En sus naturalezas muertas captamos mejor la conexión entre las flores y los sentimientos. En algunas, como Amapolas (1886), Naturaleza Muerta con Narcisos (1890), Gencianas azules (1905) o Magnolias (1912), vemos similitudes con otros autores como Van Gogh, Renoir o Monet. Pero es en los retratos de infancia donde logra conciliar al 100% naturaleza y personajes. Lo hace por primera vez en Estudio de jardín de los niños Vicker (1884), continúa con Teresa Gosse (1885) y culmina en Clavel, lirio, lirio, rosa (1885). En esta última, considerada como uno de sus mejores lienzos, se vale de rosas rosas, claveles amarillos y lirios blancos para hacer un homenaje a la canción popular “Ye Shepherds, Tell Me” (“Pastores, decidme”), de Joseph Mazzinghi, donde se menciona a la diosa Flora portando

una corona en torno a su cabeza, en torno a su cabeza llevaba clavel, lirio, lirio, rosa

John Singer Sargent, Clavel, lirio,lirio, rosa (1885)

¿Qué nos queda del lenguaje de las flores en la actualidad?

La floriografía se puede ver como una tendencia que se dio en un período de tiempo muy concreto. La falta de registros culturales en los que observemos esta costumbre refuerza la idea de que fue algo puntual que no trascendió. Aun así, es paradójico que alguien lo pueda conocer a través de una serie de anime como Tokyo Ghoul, estrenada en el año 2014.

Como se adelantaba al principio, las flores cumplen un papel crucial en la serie, ya que son el hilo conductor por el que el protagonista, Ken Kaneki, experimenta la aceptación de su naturaleza como ghoul. Es muy significativa la escena del campo de claveles blancos en el que Kaneki tiene un encuentro sensual con Riza Kamishiro, la femme fatale con la que comparte su doble personalidad. Después de someterse a torturas terribles, la mente del personaje mantiene un debate con su yo interno y decide aceptar su nueva . Es en este momento cuando los claveles blancos (amor ardiente, ingenuidad, talento) se transforman en lycoris radiata (pérdida, añoranza, abandono, recuerdos perdidos), dejándonos una de las escenas más bellas y delicadas del anime contemporáneo.

En este caso, el simbolismo de la escena revela que la floriografía admite variaciones geográficas, ya que la lycoris radiata posee una significación muy particular en Japón, la de la muerte. Más que de la muerte, del tránsito entre la vida y la muerte, razón por la cual en casi todos los cementerios en este país crecen este tipo de flores, de la misma forma que nosotros aquí plantamos cipreses.

Aunque el lenguaje de las flores se hiciera universal en Europa y Estados Unidos en el siglo XIX, el paso del tiempo ha demostrado que cada cultura ha terminado estableciendo su propia simbología. Lo que nos queda hoy, por tanto, es un fuerte remanente en el cultivo de flores que, si bien es terriblemente devastador para la biodiversidad de cada zona geográfica, del mismo modo nos resulta esencial a la hora de configurar algunas de nuestras prácticas sociales.

Publicado por soyunzorrococlo

Soy graduado en Periodismo y Humanidades y actualmente me encuentro opositando para profesor de Historia y Geografía. He creado Babyloniak como un punto de encuentro entre una de mis grandes aficiones (los videojuegos y el anime) y mi futura profesión. Espero poder crear un lugar en el que nos deshagamos de los prejuicios sobre lo friki y lo otaku para conocer hasta qué punto las Humanidades están más presentes en nuestras vidas de lo que creemos.

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